Desde su ameno y emotivo prólogo, Un jefe en pañales nos ofrece un planteamiento claro y establece con ingenio las reglas del universo que presenta. Estamos ante la visión infantil. Se trata de la perspectiva de un inquieto e imaginativo niño de 7 años y la crisis que debe enfrentar ante la inminente llegada de un hermano menor.

No es la primera vez que el realizador Tom McGrath aborda la niñez en sus largometrajes animados. Si bien de manera breve y tangencial, tanto en la serie de Madagascar como en la injustamente menospreciada Megamente, los acontecimientos vividos en la temprana edad resultan decisivos en la formación de sus protagonistas.

Las nuevas circunstancias que vive el pequeño Tim amenazan su hasta ahora perfecto mundo. En un instante, pasa de ser el centro de la atención de sus padres a ser tan sólo un personaje incidental en su propio hogar.

Es una lástima que el ritmo decaiga en la parte central, con un viaje que se alarga de más y con irregularidades en su efectividad humorística. Por otro lado, destaca el trabajo de la animación digital y chistosos efectos que logran su cometido. Como esa baba de bebé en 3D que se estira peligrosamente hacia el espectador.

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De manera evidente, Un jefe en pañales apunta a un público de corta edad. Pero su premisa es mucho más que un pretexto para generar gags aparentemente inconexos y resulta más madura de lo que parece.

Apreciarán la selección de los Beatles como canción de cuna y disfrutarán la analogía de las demandas de un recién nacido con las exigencias de un mandamás corporativo. Además de las esperadas “lecciones” sobre la integridad familiar.

Pero sobre todo, Un jefe en pañales es una divertida reflexión sobre el papel de los padres y la capacidad de amar incondicionalmente y por igual. Todo ello, a través de la percepción e imaginación de un niño.