Las drogas psicodélicas no son ilegales porque el gobierno nos ame y se preocupe porque vayamos a saltar de la ventana. Son ilegales porque disuelven las estructuras de opinión y derrumban los modelos de comportamiento y procesamiento de la información. Nos abren la posibilidad de descubrir que todo lo que sabemos estaba mal.

Terence McKenna.

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Las calles oscuras, los autos fríos y la mañana acechante de luz tenue estaban de frente, cogí mi maleta de viaje, agua, una manzana, un libro viejo y roto –como de costumbre, no es que me gustara- y caminé hasta la parada más cercana, ensimismado y algo dudoso, no entiendo bien aún qué buscaba. Pensaba que no había sido una muy buena idea, pero ya estaba ahí, valiente y jodido. Cerré los ojos y recordé que para un buen viaje debía estar tranquilo y feliz, como si nada pudiera descarrilarme, algo parecido a un bucle de pensamientos adiestrados, lo lograría fácilmente si me lo proponía, a fin de cuentas lo hacemos a diario. Pasados treinta minutos, apeaba en la estación Buenavista del metro, en la Ciudad de México. Entonces era demasiado tarde y procedí a ingerir la dosis adecuada. Ciento cincuenta microgramos de dietilamina de ácido lisérgico me hundían lenta y profundamente en una nueva aventura de introspección, recreación y búsqueda, ¿qué buscaba?, ya se los dije, no lo sé aún.

Caminaba algo indeciso por las calles, me movía rápido y mantenía la mente limpia, en blanco; un rato sólo deambulé tranquilo. Entonces las primeras vibraciones subían por mi espalda, frío y seco, pero el irrumpir de la emulsionante sensación estaba cerca. Cuando llegué a la esquina de la información en Reforma y Bucareli, ya estaba perdido en mí, en mi cabeza quiero decir, o la de alguien porque lo que apreciaba y entendía de mi realidad no era mi mente. Veía las palmeras erigidas, pero no las entendía como ellas mismas, veía los largos pasillos y las  caras de los transeúntes, pero no los entendía como ellos mismos, me veía a mí reflejado en las puertas de “El Universal”, “El Excélsior” y en “El moro” pero no me apreciaba, ni de lejos, ni por fuera, ni por tiempo, ni en esencia. Pensaba que los edificios cuentan historias y transmiten cultura, o pasado, o memorias, luchas, guerras, muerte… o vida, creatividad, fuerza y entusiasmo, quizá ayudan. Las paredes en realidad no dicen nada, son las relaciones cognitivas que creamos a partir del conocimiento adquirido; vemos el objeto y lo transformamos en impulsos nerviosos, viajan por la corteza cerebral, y luego son ideas y conceptos, ya después los entendemos, es lo que digo, no los entendía, no entendía nada como era en verdad. ¿Qué era la verdad?, estaba verdaderamente liado.

Llegué al monumento a la Revolución, me asomé al museo. Nada divertido ahí, pensé, o quizá lo dije o lo grité, no lo recuerdo. Es curioso lo difícil que se vuelve comprender a un toxicómano cuando no se está dopado; había una exposición sobre la Capilla Sixtina de El Vaticano, una representación barata de la obra de Miguel Ángel. ¡Vaya mierda!, estaba frente a una reproducción de la majestuosa, bohemia y sobria alma cumbre del pueblo judeocristiano, la protección hecha pintura, arquitectos y artistas maestros que pusieron horas de trabajo y sangre, rebajados a una copia; no pude más que rabiar al pensar en la degradación de este simbólico emblema. Sin embargo alguien aprendería algo nuevo ese día, no yo, no yo (dos veces). No puse demasiada atención y seguí. Me tambaleaba al caminar y comprendí que no sabía dónde estaba, veía luces ya, autos moverse y bebés lloriquear, sí, los veía lloriquear, el sonido se hacía forma en mis ojos, un estruendo de terror con un panorama de fábula, era surreal. Perdí la noción del tiempo, ¿qué hora era?, ¿día?, ¿cuánto tiempo había pasado?, o espacio; miré y había llegado como de rayo a la Alameda Central.

Entré y me vi de espaldas al museo de Diego Rivera, así que sin pensar pasé, no sabía bien qué hacer, desorientado y casi paranoico le di mi mochila a una amable señorita, todo se difuminaba como en una pintura de Munch; expresión y referencias era todo lo que pensaba, ¿cómo iba a apreciar el arte en ese momento?, visión y mundo, desconcierto y sensación, diseño y arte, teoría del color y composición, no recordaba ni mi nombre. Al adentrarme conocí algo parecido al tártaro griego, un sinfín de formas y colores, texturas y, brevedades como luces y reflejos encuadrados; la sensación al ver cada uno sigue indescriptible, era la droga tal vez. Me ponía a pensar que la idiosincrasia mexicana siempre ha tenido bases superfluas, era una exposición de California en México, ¡de un pintor mexicano! Diego tuvo que viajar al extranjero para triunfar, antes de regresar a México y estar en un billete, porque así triunfa la gente en los países tercermundistas.

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Terminé de recorrer el museo y sin más llegué a Bellas Artes, sin más salí de aquella sala y sin más llegué al museo del INBA, el MUNAL. -Mi última parada- pensé, ya había caminado demasiado sin comer, ni pensar, seguía ido, estaba pero no estaba. La realidad de los museos es triste, la mayoría sólo tienen réplicas baratas, no contienen la esencia de la obra, no hay presencia ni cuerpo. Estaba viendo una exposición itineraria de Brasil, un movimiento basado en la lucha social que enfrentó este pueblo para ganar el respeto de sus conquistadores y vecinos cercanos. “Antes de que los portugueses descubrieran Brasil, Brasil ya había descubierto la felicidad, la magia y la vida”, expresaba con cierto desdén la inscripción en la entrada. Al pasar se podía observar una serie de maquetas al más puro estilo surreal, hiperreal y cubista que rayaba en lo abstracto. Por esos momentos yo empezaba a descender, y conmigo bajaba el tiempo y el espacio en el que caminaba sin prisa ni apuro, la dicha y el dolor del pueblo latino conquistado se expresaba y transmitía en las obras ahí encontradas. Estatuillas, pinturas, maquetas tridimensionales y versos rebeldes por todos lados, demostraban el lado humano y casi inexpresivo de la naturaleza muerta que duerme en los habitantes latinos. El sentimiento que se percibe fácilmente si se admira con la cabeza firme una obra de aquellos artistas, es sublime y a la vez contundente. Es real, digo.

Al salir a las calles de la ciudad me percaté que ya había anochecido, un gran día acompañado  de gratas y reconfortantes sensaciones, mis sentidos estaban exaltados y mi cabeza revuelta, daba vueltas, izquierda, derecha, arriba, abajo y trataba de encontrarme, pero no estaba por ahí. –Ya apareceré en algún momento- me dije –o no, qué más da-. No sé qué buscaba ese día, pero sé lo que perdí. Sin duda, conocí la viva representación del hombre moderno que se pierde en su propia compañía y la de su civilización, en una época llena de dolor, desazón y mundo.