*Esta crónica es una colaboración de Jorge Zermeño para Huella Lince.

“Cuando algo te apasiona, por muy jodido que esté todo lo haces, cuando no puedes hacerlo, desde fuera lo disfrutas.”

 

Viernes. A las cuatro cincuenta y nueve de la mañana sonó la alarma ya las cuatro yo ya me había levantado. El primero de los tres días más fantásticos de mi vida en veintiún míseros años, de hacer pruebas desde dentro de los autos y monoplazas a verlos desde la tribuna. Me metí a bañar, salí a vestirme y a esperar al taxi que me llevaría al tren suburbano. Seis de la mañana estaba afuera, en frente de la puerta de mi casa; el taxista, amigo mío me llevó a la terminal del tren, íbamos platicando sobre el gran evento y de lo que estábamos esperando o al menos lo que yo esperaba del evento. Le pagué cien pesos antes de bajar y le dije que los otros dos días serían igual, a las seis. Me encaminé al andén del tren, con setecientos pesos en mi cartera, única y exclusivamente para gastos de comida. El tren tardó diez minutos en llegar, al abordarlo a por un lugar, de pie, porque de los asientos ni el individuo más fresco lo dejaba, así sea una viejecita o una madre con su hijo en brazos. O peor llegaría en la estación de  Tlalnepantla, el tren se llenó, literalmente las persona que estaban en el acceso de las puertas del tren se metieron a empujones. La mayoría de ellos, trabajadores en alguna empresa industrial cercana a la estación de San Rafael o Fortuna y así fue. Se sentía un tren más libre y sin tanta gente. Buenavista fue el fin del camino y comenzó la carrera por ver quién salía primero de la estación. Me dirigí hacia la entrada del metro de Buenavista,  indiscutiblemente a hacer la fila por dos boletos del metro, al tenerlos a abordar con dirección a Guerrero, ya estando ahí, a buscar un vagón con dirección a Universidad. En primera ya había una fila enorme para ser los primeros en la entrada del vagón, dentro del andén. Dos minutos después arribó el largo transporte anaranjado; los primeros tuvieron suerte y a empujones se metieron, la alarma sonó y se cerraron las puertas. Un minuto después llegó el segundo tren, tren que estaba más lleno que tren de campo de concentración a Auschwitz, el único valiente que se animó a ingresar al tren lo intentó al menos tres veces pero desistió. Al momento que se cerraron las puertas se aplastaron en el vidrio las facciones de la persona que estaba cerca de la puerta. La escena es dantesca al ver eso, la imagen de Auschwitz pasó por mi cabeza. A un lado de mi, unos policías del cuerpo de protección bancaria se quedaron impávidos al ver al segundo tren. Pro suerte en sus radios se escuchó un mensaje –va a llegar un tren vacío desde Indios Verdes – lo cual era genial en esta situación; –¡A huevo!– Dije  en mi mente e inmediatamente llegó el tren, ni tan vacío pero tren al fin, alcancé lugar en los asientos de plástico duro y a esperar hasta la estación de Centro Médico. Juárez e Hidalgo lleno como de costumbre, mucha gente bajó en Hospital General y al llegar a Centro Médico bajé buscando la correspondencia hacia Pantitlán, lo que hizo que recordara hacia donde tenia que ir, no fue mi experiencia en el Sistema de Transporte Colectivo, sino el ultimo concierto al que asistí al Palacio de los Deportes con mi primo (el de Imagine Dragons) y en lo que más me acorde fue en una luz tan anaranjada como el mismo metro, así que me fui hacia la luz (en el sentido más literal posible)  y al bajar llegó la larga limosina naranja. Y así me fui, con la música de Noel Gallagher en mis oídos, cansado de estar de pie y con mucha hambre, porque me fui de mi casa sin desayunar y claro, lo más sensato que pensé fue desayunar en el autódromo porque ahí todo estaría más o menos barato y bueno. Al pasar la estación de Mixuhca pude ver la escena que desde que vi mi primera carrera en ese lugar (Serie CART, 2005) regresó a mi el niño que vivía dentro de mi, la imagen era de postal, el Palacio de los Deportes y en frente, el monstruo al que siempre que corría y la pista pasaba por ahí le tenia miedo, el Foro Sol. No era un miedo común, era un miedo descomunal porque ese monstruo era domado por los juegos de los Diablos Rojos de México en la Liga de Beisbol; era avivado por los múltiples conciertos que bandas como Muse, Aerosmith, Metallica o Iron Maiden habían brindado para más de sesenta mil fanáticos y que también albergó a una de mis favoritas: Nine Inch Nails, para los corredores, sean runners, maratonistas o pilotos era un monstruo inmenso, sobre todo para los pilotos, pues la pista era estrecha, con los muros muy cerca y con el más mínimo error te quedabas entre un muro o en la salida de la Peraltada, renombrada Mansel, por aquella victoria en mil novecientos noventa y dos en la ultima vuelta del Gran Premio sobre Gerard Berger, ese monstruo que en una noche de concierto se ve tan tranquilo, pero en un día de carrera no te perdona y por muy pequeño que sea tu error, en la entrada o en la salida, el monstruo te come.

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Llegué a la estación de Puebla, y de ahí a buscar la puerta trece, que para mala fortuna estaba del otro lado de la salida del metro, sí, sobre Rio Churubusco; y los transportes del autódromo no funcionaros sino hasta las nueve de la mañana no tuve más opción que caminar los más de tres kilómetros en una calle repleta de policías, raro, sin revendedores o ambulantes en sus respectivos puestos, para concluir pronto, ni tamaleros había en la zona, llegué a las inmediaciones del autódromo a las ocho de la mañana e hice quince minutos de la salida del metro hasta mi puerta de acceso, la cual estaba cerrada y ya pasaban de las ocho de la mañana, hora que el boleto tenía impreso como apertura de puertas, pero Manuel, los angelitos de OCESA se retrasaron en la apertura una hora y cinco minutos, y en mi cuenta de Twitter (@Jorgen3_0) Giselle Zarur mencionó la cuenta del Autódromo Hermanos Rodríguez, a quienes les mencioné el retraso de la apertura de puertas, contestando el comunity manager me contestó que estaban haciendo lo posible por abrir, cosa que hicieron treinta segundos después; eso sí, la gente de OCESA, sin hambre y sin sueño. Pasar una hora afuera del segundo lugar más mágico que conozco del aburrido D.F. (Coyoacán es el primero, obviamente) y así fue como empezó el fin de semana más increíbles de la ciudad, en veintitrés años no había un evento de esta magnitud, menos uno de clase mundial. El acceso estuvo controlado por dos filtros de seguridad, el primero el escáner del boleto, el segundo una inspección de mochilas, para n traer objetos que atenten contra el espectáculo y que nunca en la vida y mientras las leyes de la física sean las mismas cabrían en mi mochila de Red Bull Racing. Ya estando adentro, tuve que caminar más o menos cuatrocientos metros a través de los cientos de aparatos para hacer ejercicio que estaban ahí;  para llegar a la F1 Village, la grada que me tocaba y el beer garden unos doscientos metros más. Para mi desgracia, dentro de la villa de la Formula 1 lo que había era no tan surtido, repetitivo en varios stands y caro… MUY caro. Las cosas más baratas en varios stands eran ear plugs (tapones de oídos) en cincuenta pesos, listones para porta gafetes en cien pesos, ticket holders (porta boletos) desde trescientos hasta quinientos pesos, calcomanías de Ayrton Senna (como las que el resto de las personas le pone a sus carros o en mi caso a mi computadora) en trescientos pesos, llaveros de Schumacher en trescientos pesos, llaveros del resto de los equipos en quinientos pesos así como las memorias USB de 16 GB,  de ahí en fuera lo más económico que puedes conseguir ahí no bajaba de mil pesos, banderas y gorras era quizá lo que más se solicitaba, porque el clima afuera estaba tan soleado como una playa, y el calor era un poco insoportable, toallas de baño en mil quinientos; de ahí, paraguas, playeras y mochilas desde dos mil pesos, camisas cuatro mil quinientos y chamarras desde seis mil pesos. Sí, seis mil pesos por una chamarra, que en la página oficial de internet del equipo estaban debajo de cuatro mil quinientos pesos, sin gastos de envío, porque a partir de cien libras es gratis. Así estaba todo, incluso los artículos de temporadas pasadas, específicamente de McLaren, Ferrari y Williams, estaban vendiendo artículos de hace dos años o un poco más, banderas del ya extinto BAR-Honda (ni tan extinto, porque Ross Brawn compró el equipo donde él trabajaba y que resultó campeón en 2009 con la dupla Button-Barrichello y que después sería comprado por Mercedes-Benz y que ahora son los campeones del mundo) con la cara de mi ídolo Jenson Button, artículos de Juan Pablo Montoya de cuando corría en Williams (más o menos por el año 2005), coches de colección que en Sanborns cuestan cien pesos ahí estaban en mil quinientos, quizá lo más barato que podías comprar ahí eran artículos de Michael Schumacher, llaveros más bonitos desde trescientos pesos, peluches en quinientos, playeras desde doscientos cincuenta pesos, cascos replicas 1/32 en ochocientos  pesos y la lista sigue, replicas de casco de Nico Rosberg o Lewis Hamilton en cinco mil quinientos, los de Grosjean o Maldonado en tres mil quinientos, réplicas fieles, pero ni autografiados estaban y a un lado de la zona de Schumacher (o en frente de Lotus) estaba la F1 Game Zone, que básicamente, era un simulador como los que uso para medir pistas y hacer mis actualizaciones, y siete asientos con el juego de la formula uno, pro para jugar tenias que comprar al menos mil pesos. Lo que compré el primer día fue un ticket holder de trescientos pesos, un vil pedazo de plástico transparente que servía para no mojar los boletos, que en algún futuro me va a servir porque realmente es muy molesto tener el boleto en la bolsa de la camisa. En fin, fui a desayunar, a Fisher’s pero para comprar ahí o en cualquier otro lugar, tenias que ir a pagar tu consumo a las cajas del otro lado del parque de beisbol y después entregar el ticket al tendero para que te dé tu pedido. Desayuné fish and fries y una cerveza, de ambos ciento cuarenta pesos. Como era de esperarse todo el consumo adentro del autódromo era carísimo, desde los tacos de El Califa que eran tacos de tortilla de taquería, carne insípida y sin chiste en ochenta pesos, en Fisher’s todo valía ochenta pesos, Sushi-ito, y Starbucks vendían a precio regular y en Domino’s la pizza personal en ochenta y cinco pesos y las alitas en cien. Bebidas, pues… mejor ni hablamos, además del escaso menú de bebidas esta el precio, porque con treinta pesos comprabas una botella de seiscientos mililitros con agua, un Powerade, Fuze Tea,   Vitamin Water y agua mineral, con cincuenta pesos una lata de refresco y por sesenta te comprabas una cerveza, igual de lata o de barril. Por cien pesos o un poco más puedes comprar cerveza importada, que en cualquier bar te costaría sesenta pesos. En el centro del jardín había un reloj de tres caras Rolex y un escenario a cielo abierto. Para ese entonces, había samba y se empezaron a escuchar los motores 1.6 V6 turbo de los Ferrari, Red Bull y Toro Rosso, las prácticas libres habían comenzado. De las diez de la mañana a las once y media rodaron los autos de la máxima categoría del automovilismo. Entre lo más destacable, la actuación de Joylon Palmer, nuevo piloto de Lotus, los gritos por el piloto local, Sergio Pérez que eran recibidos por su coequipero Nico Hulkenberg, así se demostró el poco conocimiento que tiene la gente sobre los pilotos, pues cada vez que pasaba el oriundo de Emmerich amm Rhein los silbidos y aplausos los recibía. Tuvo que pasar veinte minutos para ver la salida del campeón del mundo, Lewis Hamilton, del tetracampeón, Sebastian Vettel y del ruso de Red Bull, Daniil Kyat. Cinco minutos después salió el más mediático del día, el local, Sergio Pérez. Las cámaras lo seguían, tanto en pista como on-board y en los alerones frontales y traseros lo seguían. Tenia los ojos del autódromo sobre de él. Detrás salió Valteri Bottas, frenando con fuerza en la curva cuatro, (donde estaba mi grada) y al menos en seis ocasiones bloqueó las ruedas del FW36, detrás y en la “S” Moisés Solano venia Felipe Massa que hizo lo propio, bloqueo tras bloqueo tratando de engomar la húmeda pista del autódromo de la Magdalena Mixuhca. Todos los pilotos en la libre uno salieron con las llantas de cara verde, las Cinturatto intermedias. Alonso fue el primero que salió en las Pzero Blancas, las medias.

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Una hora después, terminó el desfile de los autos, los veinte estaban en la pista engomándola, porque el asfalto es totalmente nuevo. A medio día, la Masters, que en términos más terrenales, son los autos de las leyendas del automovilismo, desde vehículos de mil novecientos sesenta hasta algún auto de principios de los años ochenta. Destacaron el Midland en color celeste, el Hescket de James Hunt, el Lotus de Ayrton Senna y el de Emerson Fittipaldi. Autos que sonaban increíble, motores de Cosworth de aquellas épocas doradas.

Llegó la hora del almuerzo, no había nada más interesante en la pista, así que me dirigí a la caja más vacía, una que estaba a seiscientos metros de la grada siete, a comprar otro fish and fries y otra cerveza. Ya tenia el gato pensado para pura comida, así que el resto me empezó a valer; fui a comer cerca de mi grada, a la sombra de un árbol que estaba cerca, físicamente estaba fundido, cansado y desmoralizado por el alto costo de la cosas. Puse la mochila como almohada y me acosté, hasta las doce y media del día que me di cuenta de que me había quedado dormido, increíblemente, mi cartera, mochila, teléfono, iPod, efectivo y tarjeta de crédito y mi dignidad estaban intactas. Es más, había una familia haciendo lo mismo que yo, ellos estaban a un lado mío. A la una me fui de vuelta a la grada, ahora para ver la libre dos, empecé a caminar hacia otro lugar, a dar la vuelta para hacer tiempo hasta que vi en la pantalla del jardín una bandera verde; que fue cuando empezó la segunda tanda de entrenamientos, ahora quien rodó primero fue Grosjean, la pista estaba más seca, y aun en condiciones de seco, Lewis Hamilton hizo un trompo frente a mi grada, eso quizá fue el highlight de la tanda,  a mitad de la ronda empezó a lloviznar, no fue mucho, pero sí lo suficiente para cambiar las condiciones de la pista. Una hora y media después terminó la ronda de práctica. Hubo un par de conciertos en el lugar, pero yo ya quería irme a mi casa, así que la travesía de la grada al metro fue menos larga, porque ahora el recorrido era lineal. Me tardé más por la cantidad de gente que ya había abajo. Me fui al metro Puebla, con dirección a Tacubaya, de ahí, bajar en Centro Médico y de ahí a Guerrero para bajar a Buenavista, tomar el suburbano, pagar ocho pesos de la combi a la bandera de Tultitlán y de ahí al Mexibus para la estación cercanas a mi casa (Eje 8). Bajó mi mamá por mi y llegué a comer. Me quedé dormido, dramáticamente, viendo a Giselle Zarur en televisión y con el sonido de los motores de los F1 en mi cabeza.

Al otro día, el sábado todo fue igual, mismo transporte, mismo taxi, misma ruta, misma caminata, solo que ahora tenia dinero e iba dispuesto a comprar algo ese día. Llegué ocho veinticinco al autódromo y con las malditas puertas cerradas, en isofacto mande un tuit y me contestaros, y por arte de magia se abrieron las puertas. Compré una gorra de Daniil Kvyat que costó la maravillosa cifra de mil doscientos pesos, eso sí, los tuve que pagar con la tarjeta, porque en la bolsa traía setecientos pesos. No faltó el más imbécil que se gastó nueve mil pesos en una chamarra impermeable, una gorra, y dos pijamas del equipo de la casa de Maranello. Me fui a la grada para ver la ronda libre número  tres que igual que la primera estuvo pasada por agua, la pista se convirtió de nueva cuenta en una pista verde (al ser nueva no tiene la suficiente adherencia) y los mismos problemas, Maldonado casi hace un Maldonado,  Kimi haciendo un Kimi y Bottas y Massa no se cansaron de bloquear las ruedas. Tomé fotos y video, hasta donde pude y cuando ya no podía, cambiaba las pilas de la cámara. Acabó la ronda y el más rápido fue un Red Bull. A ver la carrera de Masters y después los entrenamientos y la clasificación de los Formula 4 que fueron presentados y apadrinados en marzo pasado por el Piloto de Ferrari (a partir de 2016 de Haas), Esteban Gutiérrez. Salí más o menos a las seis de la tarde del autódromo, igual de cansado, pero con la ciudad más oscura. El regreso fue el mismo, me quedé igual de dormido y mi madre me dio el susto de mi vida, intentando hacer que bajara a cenar. Por eso, el ambiente en mi casa se tornó raro, y un tanto pesado. Lo mejor estaba por venir.

El domingo llegó, el día de la gran carrera, la misma travesía, pero con veinte minutos de retraso, porque mi amigo el del taxi se quedó dormido, se nos atravesó el tren y casi chocamos, el viaje en el suburbano fue especial, y en el metro ni se diga. Era la emoción más grande que había tenido en muchos años, mi ser se llenó de sentimientos y por mi mente pasaron muchas cosas. Llegando a Puebla, bajé del metro lo más rápido que pude y me fui hasta mi puerta de acceso, que, increíblemente estaba despejada. Caminé pensando si compraba la bandera de mi ídolo, o esperaba en otro momento, me tardé al menos una hora reflexionando, pero al final de esa hora –y de la carrera de los Formula 4– decidí comprar. Mil pesos me costó, sí, mil pesos un pedazo de tela satinada con un león como diseño y con el número 22 y el apellido “Button” escrito sobre ese pedazo de tela. Después me fui a probar suerte en los simuladores, nada realistas pero lo intente. Almorcé Fish and Fries, y me bebí una cerveza de barril, hasta el tope, lo que significo aplausos para la bar tender y una propina del diez porciento, de ahí, en adelante me fui a la carrera.

Empezó el desfile de pilotos a las once cuarenta y cinco, José Abed, Bernie Ecclestone, Nigel Mansel y mi amigo personal, Carlos Slim Domit arrancaron a bordo de un Rolls-Royce de 1934,en un auto parecido, pero en gris, salió Pérez grabando el recorrido, ovacionado por las más de ciento treinta y cinco mil personas que estaban dentro del inmueble, después Lewis Hamilton, Stevens, Rosberg, Rossi, Hulkenberg, Vettel estaba grabando el recorrido y Räikkönen… es Kimi, ¿hace falta decirlo?, Alonso en una primera tanda, hasta que apareció mi ídolo, Jenson Button a bordo de un Honda de 1970, tenia la bandera que había comprado, realmente era el único en esa grada que lo apoyaba, así que el saludo estaba un poco más dirigido hacia mi que a toda la grada; sentí esa emoción quede vuelta, la misma que sentía al ver a Häkkinën correr, la misma emoción que vuelve a ti después de ver a uno de tus ídolos y ejemplo a seguir pasando a escasos quince metros de mi quería llorar, porque había visto a alguien que me había devuelto la chispa y la esperanza en las carreras, alguien que con poco fue campeón, por cosas como estas, este tío siempre será mi ídolo; después aparecieron los pilotos de Lotus, los de Williams, Daniel Ricciardo a bordo de un Shelby Cobra S/C y Kvyat a bordo de un auto más sencillo. El desfile duró más tiempo, porque cierto piloto se bajó  de su auto y empezó a repartir autógrafos a varios asistentes dentro del Foro Sol. La ceremonia del himno, los aviones y la vuelta de instalación. La pantalla la tenia a un lado, así que no me perdí detalle de la largada, donde Rosberg le cerró la puerta a Lewis, Vettel pincharía su neumático y donde Alonso iba más lento que un Vocho en Viaducto, lo que haría que terminara su carrera apenas completando la primer vuelta de la carrera, rebases de Ricciardo y una carrera dominada por Rosberg. La tribuna, aparte de gente apoyando a un piloto de media tabla, bocaza y mediocre, era completamente roja, algunos sectores eran de Red Bull o de Mercedes-AMG, pero en su mayoría Ferrari, con lo que, cada que asaba Pérez o Vettel que venia en último la grada alentaba. Por mi mente pasó la hipotética de “¿qué pasaría si yo fuera el piloto? ¿igual me apoyarían o porque yo no me guardo las cosas me abuchearían? No pasó mucho, hasta que en la vuelta veintiséis un movimiento de Kimi sobre Valteri cerrándole la puerta a este último en la curva cuatro, Bottas bloqueó los frenos, en la curva cinco, a escasos cincuenta metros dela primera curva, chocaron; el coche de Kimi, el Ferrari rojo con el número siete abandonó la carrera, pues su suspensión trasera se rompió. Kimi salió por debajo de la grada en una moto, lo que desató un virtual Safety Car. Cada que pasaba un Red Bull los apoyaba, porque soy fanático de ese equipo, pero cada que pasaba Sebastian o Jenson los animaba. Uno porque era de la casa al otro porque es mi ídolo. Todo iba tranquilo, hasta que en la vuelta cuarenta y seis Vettel despistó y un par de vueltas más adelante despistó y chocó su Ferrari en la entrada de las eses. Este choque sí desplego al Safety Car (el real), el Medical Car llegó rápido a ver como estaba el piloto y a llevárselo al paddock. Después de esto, y a trece vueltas del final se reinició la carrera, sin muchos cambios en los líderes o en la parte trasera, los Mercedes peleando en carrera propia, Bottas tratando de alcanzarlos, los Red Bull viendo quien es el mejor y el resto. Bandera a cuadros y llegó el momento de grabar a Rosberg y al resto. La mejor vuelta que había visto, obviamente, Pérez llego al final y la gente se rindió a sus pies. La gente menos yo, por supuesto, él tenia intenciones de hacer un trompo, pero detrás venia el Safety y el Medical Car así que no se le hizo, asimismo tampoco subió al podio y del inicio de la temporada donde dijo “voy a ganar la carrera” pasó a “voy por el podio” y una semana antes, en Austin asentó “veo difícil llegar al podio, lo más seguro es que legue quinto”. Ni una ni otra y menos la de llegar en quinto, se estancó en el octavo lugar, uno más que el lugar donde salió. Me   impresionó ver como la gente se rendía ante un piloto mediocre, que se estancó y que dio gala de que sabe cuidar las llantas, pero no sabe correr, que los rebases que hace son de suerte, en frenadas metiendo el carro por la parte interna de la pista o porque el piloto al que venia presionando se saltó una curva y por el radio como niño chiquito pedía que le devolvieran el lugar. La ceremonia de premiación fue en el Foro Sol; el monstruo que revivió ese día para ver la primera carrera de cinco en la Formula uno, el podio más mexicano que de costumbre y en el lateral de la pista la frase “Happy to be back in México” Mansel entrevistó a los pilotos con sombreros de charros, mientras en mi sector veía como sacaban al Ferrari de Räikkönen con una grúa.

La salida del lugar fue más que imposible, a lo lejos vi una bolita, bastante grande, en el fondo y tratando de bajar de la grada el ex–presidente de México, Felipe Calderón, sin guardias, sin seguridad, en la zona de la frenada más demandante, metros más a delante, en la salida, Margarita Zavala, en la misma situación que su esposo y tomándose fotos con quien se la pedía. Un poco antes me encontré con Marina Ortiz, mi ex novia y titular del espacio deportivo de Azteca, la saludé de lejos. En el metro de ciudad deportiva me encontré con Tania Rincón, hablando por teléfono, y con Pepe Díaz, mejor conocido por ser el ex novio de Belinda estaba en mi grada.

Esa fue la aventura más fantástica que pude vivir, a lo lejos, camino a casa, el monstruo y el palacio, que siempre vivirán y harán vibrar a la gente, pero con errores no te perdonarán, y el aeropuerto, en vías quizá, de ser demolido y de erigir una nueva pista de autos, o casas. Ahora al terminar esta crónica, sigo pensando en los motores, el olor a caucho quemado por una bloqueada, las quemaduras por el sol en mi cara y brazos y en el Gran Premio del próximo año, que con algo de suerte, podré ir a la misma curva, o a enfrentar al monstruo que por tanto tiempo he temido.

Sobre El Autor

Óscar Pérez

Me gusta leer, (al mundo y a los libros) platicar casi de cualquier cosa. Amo el lenguaje, a la gente divertida y la comida hecha con amor. Me encanta el sarcasmo, la ironía y la burla. Y escribir, también eso me encanta.